Caminando en el zapato ajeno …

Escrito el 06 Jun 2007
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Para muchos de nosotros cada momento que transcurre no es diferente de otro: 'Un día más… un día menos…' en matemáticas se enuncia que "el orden de los factores no altera el producto". Para mí, el jueves recién pasado fue diferente a otros días…

En mis apuntes se indicaba 'hacer reportaje de Misioneros, -de las 6am a las 9pm'. Se imaginan 15 horas de trabajo, aunque parezca sencillo, escuchar y observar cada movimiento que estos jóvenes hacen para poder cumplir su misión; tan solo el hecho de seguirles durante 15 horas bajo el candente Sol, tocando puerta tras puerta, deteniéndose a conversar con cuanto peatón encuentran; corriendo a veces de enfurecidos perros que muestran sus dientes como queriendo saborear un pedacito de carne o hueso de misionero; y es que el calorcito hace que uno huela a carnita asada. ¡Qué aventura!

El día no era nada prometedor, de hecho algunos termómetros marcaban 96º F., ello confirmaba porque mi ropa estaba mojada en sudor, y mis pies ardían por el intenso calor que segundo a segundo, paso tras paso quemaba mi piel. Sin embargo, debía continuar la ruta -de hecho recién comenzaba-. Me impresionó una anciana de aproximadamente unos 70 años, quien dando pasos lentos y apoyándose en una andadera, rehusó escuchar el mensaje de buenas nuevas.

Le pregunté a los Misioneros: ¿Por qué algunas personas rechazan o evaden cualquier conversación que tenga que ver con Dios? Creí que la respuesta sería tan larga, como largas e intensas estaban siendo las horas; pero no fue así, sencillamente me contestaron: "Dios nos ha dado nuestro propio albedrío, lo que significa que cada cual decide escoger entre el bien y el mal. Nosotros agregaron, llevándose las manos al pecho, hemos sabido hacer buen uso de ese Don Divino, al decidir hacer lo que a Nuestro Padre Celestial le agrada. ¡Me agradó la seguridad y la fé del elder Nájera de La Piedad, Michoacán, México y elder Hadley de Utha, EU.

Luego de recibir esta sabia respuesta, continuamos nuestra marcha en busca de otras personas que al menos les concedieran cinco minutos o quizá uno tan sólo para decirles: "Dios les ama". El Sol no se quedaba atrás, se había convertido en el amigo inseparable de ese día y si no hubiese visto algunas personas caminar por la calles bien pude haber creído que el tiempo se había detenido; era un día sin vientos, con puertas cerradas, puertas que sonaron toc, toc, toc, una tras otra, pero pocas se abrieron. El cansancio era evidente, me hacía recordar mi niñez, cuando con mi abuela viajábamos a pie hasta el pueblo y al sentirme cansado, me sentaba en una que otra enorme piedra, sin importar cuan caliente estuviera, de ahí no me movía sino en los brazos de esa viejecita que jamás he de olvidar.

Aunque era tan solo un observador en esta mi misión de un día, no dejaba de afectarme el hecho de que algunas personas no abren la puerta y se esconden como si quien llama fuera el cobrador. Estos jóvenes de pantalón negro y camisa blanca con corbata y una placa que los identifica como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y que usted ve a diario caminar no pretenden más que hacerles partícipes de las enseñanzas del Evangelio Restaurado. Buscan mostrarles por qué estamos en esta tierra y cuál es nuestra responsabilidad como individuo y como familia; pretenden que usted conozca a Nuestro Padre Celestial y su hijo Jesucristo. ¿Por qué entonces rechazamos todo aquello que va edificar nuestro cuerpo y nuestra alma? Bueno, después de todo algunas puertas se abrieron. Que alegría se siente, -al menos yo la sentí- cuando una persona les responde los buenos días o las buenas tardes y mucho más halagador se siente cuando les dicen: "pasen adelante, siéntense" y escuchan con atención a cada cosa de la que se habla.

Pude advertir que muchas personas tienen necesidad de ser escuchadas, desean recibir palabras de aliento y consolación y me hizo sentir bien, la manera en que los Misioneros explicaron a una familia que recién había perdido un ser querido, cuál es el propósito de la vida. Créanme que me quedé pasmado, no sé como estos muchachos siendo tan jóvenes tienen las palabras precisas, en el momento preciso. Tienen sin lugar a dudas el Espíritu de Dios consigo.

Son jóvenes que han sido preparados desde que eran tan solo niños, son jóvenes que crecieron siendo instruídos en el Evangelio, que asistieron a seminario, que participaron de muchas charlas, “son jóvenes que han recibido el poder y la autoridad de Jesucristo para poder actuar acá en la tierra en su nombre”. Son hoy apenas, unos muchachos que tocan a su puerta… por favor ábrales que afuera la temperatura ya pasa los 96º F.

Que felicidad sentí cuando me dijeron: "nuestra labor ya casi termina, vamos de regreso a casa y para finalizar quisiéramos dar gracias a Dios por las todas las bondades de este día"; saben que al iniciar esta jornada de 15 horas también hicimos oración y aunque las dos están dirigidas a Dios, la última me hacía sentir satisfecho por la labor que había realizado ese día. ¡Que aventura! Cuántos de nosotros hemos visto a estos jóvenes caminar bajo los candentes rayos del Soy, bajo las inclemencias del frío invernal o empapados moviéndose bajo la lluvia, no por 15 largas horas, sino por 2 años, sí por aproximadamente 700 días, sí por aproximadamente 10 mil novecientas horas, sin recibir un salario a cambio; sin tener el afecto diario de sus familias, sin tener tantas y cuantas cosas dejaron atrás, únicamente por predicarle a usted acerca del Plan Celestial.

Toc, toc, toc…¿No cree que es justo abrirles la puerta?

Francisco Alvarez

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