El amado Presidente de la Iglesia, Gordon B. Hinckley, fallece a los 97 años

SALT LAKE CITY, UT - El presidente Gordon B. Hinckley, quien dirigió La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a lo largo de doce años de expansión mundial, murió a los noventa y siete años.

El presidente Hinckley fue el décimo quinto presidente en los 177 años de la historia de la Iglesia y sirvió como su presidente desde el 12 de marzo de 1995.

El presidente de la Iglesia murió en su apartamento del centro de Salt Lake a las 19:00 hrs. del domingo por causas relacionadas con la edad. Los miembros de su familia estaban a su lado. No se espera que el Quórum de los Doce Apóstoles llame formalmente a un sucesor sino hasta después del funeral de presidente Hinckley, que se llevará a cabo en los próximos días. Se conocía al presidente Hinckley, aún a los 97 años, como un líder incansable que siempre trabajaba un día completo en la oficina y viajaba extensamente alrededor del mundo para asociarse con los miembros de la Iglesia que ahora llegan a los trece millones en 171 países.

Su chispa y su humor, junto con su estilo elocuente en el púlpito, lo convirtieron en uno de los líderes modernos más queridos de la Iglesia. Un hombre profundamente espiritual, amaba la historia y con frecuencia enriquecía sus sermones con historias de los pioneros de la Iglesia del pasado.

El periodismo aguardaba entrevistarlo. Apareció en 60 Minutes con Mike Wallace y en el programa Larry King Live de CNN; se lo citó y se habló de él en cientos de periódicos y revistas a lo largo de los años. Durante las Olimpíadas de 2002 en Salt Lake, su pedido de que la Iglesia no hiciera proselitismo con los visitantes, fue a lo que los medios de comunicación acreditaron el prestigio que la Iglesia logró como consecuencia de ese evento internacional.

Recientemente, algunos de los proyectos principales de la Iglesia, reflejan el empuje y la perspicacia del presidente Hinckley. Al solicitar que cien templos estuviesen en funcionamiento antes del fin del año 2000, el presidente de la Iglesia comprometió a la misma a un programa masivo de construcción de templos.

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