¿Hay una guerra contra los hispanos?

En la guerra contra los hispanos, algunos intentan incluso cambiarles nombre

Escrito el 30 Oct 2009
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Washington - Por si fuera poca la amenaza de ser deportados, ahora los inmigrantes en ciudades como Dallas han afrontado multas por no hablar inglés y, en un caso extremo, el dueño de un decrépito hotel en Nuevo México les ha obligado a cambiar sus nombres por la versión anglosajona. Ambos casos recibieron amplia cobertura mediática en los últimos días y aunque podrían achacarse a un error “inocente” o un “mal entendido”, han dejado la percepción de que los inmigrantes con apellidos latinos son blanco de una campaña que busca privarles también de su identidad cultural.

Es lamentable que algunos no vean ni entiendan cómo estas medidas hieren las sensibilidades de una comunidad inmigrante que ha hecho de Estados Unidos su país adoptivo, han quemado naves y están acá para quedarse.

En el caso de Dallas, el viernes pasado se informó que en los últimos tres años la policía local impuso multas a al menos 39 conductores por el cargo de no hablar inglés.

El jefe de la policía de Dallas, David Kunkle, ha prometido investigar el asunto en las próximas semanas para determinar si habrá medidas disciplinarias contra los policías involucrados. También se comprometió a reembolsar a cada uno de los inmigrantes los 204 dólares que pagó por el cargo inexistente. El propio Kundle, un poco avergonzado quizá, admitió sorpresa ante el incidente porque “en mi mundo, jamás le diría a alguien que no hable español".

El escándalo se destapó el pasado día 2, cuando una inmigrante fue detenida por un policía tras hacer un cambio de sentido ilegal -giró en “U” donde no debía- y fue acusada de desobedecer una señal de tránsito, no mostrar su licencia de conducir y ser “una conductora que no habla inglés".

Kundle dejó entrever que fue un error tanto del policía como del supervisor que dio el visto bueno a la multa.

La inmigrante en cuestión, Ernestina Mondragón, apeló los tres cargos que, según su hija, fueron eliminados.

También está el caso de Larry Whitten, un ex Infante de Marina convertido en empresario que se trasladó a Taos (Nuevo México) a finales de julio pasado con la misión de remodelar un decrépito hotel.

Sólo que llegó imponiendo reglas, como prohibir hablar español en su presencia y el obligar a algunos de sus empleados hispanos a cambiarse los nombres a una versión “anglosajona".

Sus clientes, al parecer, no podían pronunciar nombres tan difíciles como Marcos o Martín.

Pero este empresario de 63 años nunca se imaginó que si bien su estilo de gestión le surtió efecto durante 40 años en otras partes del suroeste de EEUU, en ese pueblo al pie de las montañas de la Sangre de Cristo, con una fortísima presencia y tradición hispana, la reacción sería distinta.

Así, varios empleados que fueron despedidos -según Whitten por hostiles e insubordinados- sumaron fuerzas con otros vecinos y le montaron una protesta frente al hotel Paragon Inn, atrayendo una indeseable atención mediática.

Whitten asegura que todo fue un mal entendido y que no fue su intención ofender a nadie, pese a que según la prensa local se refirió despectivamente a los vecinos del área.

En vez de recurrir a medidas tan drásticas para la integración de los inmigrantes, tanto la policía de Dallas como Whitten harían bien en copiar el ejemplo de individuos y agrupaciones que sí facilitan ese proceso en la sociedad estadounidense. Además, lejos están los días a principios de la década de 1900 en que muchos de los inmigrantes que pasaron “inspección” en Ellis Island, Nueva York, se cambiaron voluntariamente el nombre a uno “más americanizado". Pero lo hicieron porque pensaron que eso simplificaría las cosas en sus sitios de trabajo o la integración de sus hijos a los colegios, y porque entonces no existía el complejo entramado de reglas y leyes federales sobre la protección de identidad. La integración del inmigrante tiene poco que ver con la rareza o dificultad de su nombre y, ante el drástico cambio demográfico de Estados Unidos en las últimas décadas -casi no queda un rincón sin presencia hispana-, los anglosajones también deberían aprender a tolerar “lo diferente". Es algo que aparentemente no tomó en cuenta Whitten. Por otra parte, en un mundo globalizado e interdependiente del siglo XXI, el dominio de más de un idioma es una ventaja económica, no un impedimento, para el avance de Estados Unidos.

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