La Voz Presenta: NUESTRO ORGULLO HISPANO

¡Disculpen!... Los chirridos que anuncian el viaje sin retorno comienzan a sonar…

Escrito el 03 Aug 2007
Comment: Off
PASCO,WA - Una tarde de octubre del año de 1989, me encontraba junto con otros amigos viendo una hilera de vagones entrelazados uno tras otro y sin tener experiencia alguna, nuestra intención no era otra más que subirnos en cuanto aquel caballo de hierro iniciara a ritmo de chuc, chuc, chuc, chuc,…uuuuuuuuuh. ¡Disculpen!, los chirridos que anuncian el viaje sin retorno comienzan a sonar.

¡Que aventura!, era cerca de las tres de la tarde y apenas tuvimos tiempo para afianzarnos de la fría barra metálica que asegura la puerta del vagón; era un viaje lleno de incertidumbre, de ruido ensordecedor, de angustia, de temor a caer y ser molido por cada rueda de aquél que pienso era más que un ciempiés. Viajábamos a una velocidad aproximada de 70 millas por hora y con los estómagos vacíos, lo único que nos consolaba era los preciosos celajes de octubre que pinta cada atardecer.

Pero, esa maravilla natural también comenzó a desvanecer y nuestras esperanzas como que la fuerza del viento nos la desgarraba a medida que la noche comenzaba dejarse ver; el frío y lo congelado de aquél inerte metal... De repente ocurrió el milagro, cuando elevé mi mirada pude observar que la puerta tenía un frágil seguro y sin perder más tiempo comencé a luchar por entrar hasta que finalmente lo pude lograr; invite a entrar uno a uno a mis amigos de aventura. Que bien porque sentíamos que nos comenzábamos a congelar.

Dentro del vagón nos acomodamos y aseguramos la puerta con nuestros cintos para evitar los estridentes golpes; recuerdo que nos turnamos para sostenerla y evitar que se nos abriera. El viaje fue eterno, más que una aventura, parecía una pesadilla de la que no podíamos despertar. Finalmente la máquina se detuvo y comenzamos a escuchar voces de personas que decían: "Vamos a trabajar, vente que hay que jalar, a dónde vas a jalar"; con una mano sosteniéndonos los pantalones y con la otra rascándonos la cabeza, nos preguntábamos ¿dónde estamos?… estos chin… hablan español.

Para salir de dudas, entreabrimos la puerta del vagón y con un débil ¿schiiit, schiiit, compa dónde estamos? Preguntamos a cuanta persona caminaba cerca de la línea del tren y, aunque algunos nos escuchaban no atinaban de dónde hablábamos; no fue hasta que decidimos salir del vagón y preguntar que se nos respondió: "Están en Los Ángeles". ¡Los Ángeles! ¿Y ahora qué? Caminamos hasta detenernos frente a un gringo que trabajaba en la instalación de una ventana, que haciendo uso de un generador de energía, -primera vez que nosotros veíamos algo así- nos impresionó al grado tal de dejarnos boquiabiertos.

Lenguaje a señas

El gringo se nos quedó viendo y nos dijo palabras que por muy explicito que fuera jamás entendimos. Inmediatamente saqué de mi bolsa la dirección de mi hermano que ya vivía acá en los 'yunai estei' y tras mostrársela, él a señas también nos indicó que esperáramos terminara de trabajar. Increíble, este buen hombre, este samaritano que por coincidencias del destino nos detuvimos a observar, vivía tan sólo a unos pasos de mi carnal. Hasta la fecha, no logro comprender por qué he sido doblemente bendecido; imagínense llegar a una país de millones y millones de personas y encontrarme justo frente a aquella que vive a unos pasos de mi hermano.

Atrás quedaba mi México lindo y querido, mí esposa Elvi y mis hijos Filiberto y Heriberto; atrás quedaba la tierra que bien o mal me brindó educación media-superior, la tierra de mi inocente infancia y mi jovial y fugaz adolescencia. Me casé con Elvi cuando ambos teníamos 19 años y un año más tarde estaba recibiendo la agradable noticia que era doblemente papá. No lo podía creer ¿Cuates...?, ¡Cuates...! Créanme que pase cerca de tres meses repitiéndome esa palabra, no podía asimilar la idea mucho menos el hecho de ser doblemente papá. Por supuesto que aunque me hacía enormemente feliz, la responsabilidad era mucho mayor; pues tuve que trabajar mucho más tiempo y dejar mis estudios para la escuela nocturna. Sin embargo, salí adelante.

La anterior no es una historia de telenovela sino parte de la vida real de Armando Arrieta Gaitán, que procedente de Chiguagua, Chiguagua, México vino a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro para él y su grupo familiar. De hecho, cuando llegó a Los Ángeles, pasó mucho tiempo para que pudiera establecerse en un trabajo y en la desesperación ante su responsabilidad de esposo y padre; continuó su aventura para hacer de "El Rancho de Las Víboras", su segunda estación.

Este campo agrícola se encuentra en el estado de Oregón. Que Quién lo recomendó o llevó hasta este lugar, pues fue su carácter de preguntón, jovial, extrovertido. Ahí conoció al señor Jessi Valle, quien fungía como manager general. "Este hombre hizo grandes cosas por mí, me enseño a trabajar, me educó y me impulsó en otras áreas; recuerdo que a solicitud mía, me recomendó con la manager de empaque en donde laboré por largos años hasta volverme un diestro empacador.

Cómo llegué a locutar en radio, cómo aprendí a ser programador; a cuántas personas he ayudado a través de las ondas megaherzianas y a cuántas más podré servir… Todo esto y más en nuestro próximo número del jueves 9 de agosto.

Fransico Alvarez

Avatar
Acerca del Autor