La Voz Presenta: NUESTRO ORGULLO HISPANO

Cualquier sacrificio es válido...
cuando hay recompensa

Aún guardo en mi mente las imágenes de aquella excelente película "La Misión", del actor, productor y guionista Robert De Niro; si mi mente no me traiciona, puedo asegurarles que la trama principal refleja lo difícil que fue la misión de evangelizar a las tribus que habitaban la Selva Amazónica. Si ustedes alguna vez han visto esta película y consideran que es otro el mensaje principal, -disculpen, pero confieso que no soy crítico de cine; ni mucho menos cinéfilo-. Pero no es de esta Misión que deseo escribir, sino de otra mucho más difícil pero que a la vez es reconfortante.

Muchos jóvenes de hoy en día, deambulan por las calles sin rumbo ni dirección y por consiguiente, sus padres viven en la angustia diaria, sobre qué estarán haciendo o acerca de qué penalidades estarán atravesando sus hijos. En muchas oportunidades, estudiosos sobre el comportamiento de los adolescentes, han manifestado que parte de las acciones que deciden y hacen los muchachos, obedecen a la carencia de valores morales y espirituales dentro del hogar mismo.

Es en esta etapa del reportaje en donde cobra vida La Misión de la que quiero escribirles, espero que lo lean completo, por dos razones: una porque talvez sea el tiempo preciso en que deban saber que una familia sin principios cristianos, carece de la fortaleza para rechazar costumbres y comportamientos que aunque parezcan buenos, dejan sabores amargos en nuestras vidas.

La otra razón es, que conozcan los pensamientos de una misionera, las dificultades o retos a los que se afrenta junto con su compañera, tan sólo por llevar hasta la puerta de sus casas, el mensaje de salvación. Quiero que conozcan a la Hermana Hinojosa, una joven y entusiasta mexicana de 22 años, originaria de Monterrey, Nuevo León. A esta jovencita le falta mucho por alcanzar una carrera profesional, carece de puestos gerenciales o direcciones ejecutivas; sin embargo, a su corta edad ha sido medio para cambiar la vida de muchas familias.

La Hermana Hinojosa, tal y como se lee en su placa, manifiesta: "Nos dedicamos a compartir el Evangelio con las personas, les hablamos acerca de las cosas que nos han traído felicidad a nuestras vidas, les enseñamos cómo acercarse a Jesucristo e incrementar nuestra fe en él, a reconocer que somos pecadores y que debemos arrepentirnos, que es preciso bautizarnos con la debida autoridad, recibir el Don del Espíritu Santo y cómo esforzarnos el resto de nuestras vidas por guardar los mandamientos. "Estos grandes pasos cambian el rumbo de nuestro vivir y para nosotras como misioneras nos llena de felicidad ver a una persona vestida de blanco lista para recibir las aguas del bautismo; nos alegramos y nos olvidamos del cansancio, las ampollas en los pies, la sed y el hambre que sufrimos para lograr que esa alma reciba en su corazón el Evangelio de Jesucristo y el plan de salvación de nuestro Padre Celestial, agregó.

La Hermana Hinojosa tiene como compañera de misión a la Hermana Sumrall, otra jovencita de 21 años, procedente de Florida, y mientras hablé con ella para hacer este reportaje, pude advertir lágrimas en sus ojos al preguntarle sobre la familia que ha dejado atrás para poder cumplir con este llamamiento de misión: "Extraño y creo que todos Extrañamos a nuestras familias, pero tanto ellas como nosotros sabemos las bendiciones que Dios tiene guardadas para aquellos que servimos y vivimos los preceptos de su Ley", expresó. "No queremos decirle que servir en una misión es triste, al contrario es una satisfacción que nos permite madurar mucho más rápido como personas, aprendemos a vivir en compañerismo, aceptar las debilidades y defectos nuestros y lo que es mejor, nos perfeccionamos de ellos. Servir en una misión es lo mejor que puede pasarle a un o una joven porque se aprende a ser responsable, a manejar de manera adecuada los bienes, se aprende a compartir y evitar caer en las tentaciones que ofrece el mundo", concluyeron.

Al finalizar esta entrevista con las misioneras Hinojosa y Sumrall, les pedí que me mostraran cuan desgastados estaban sus zapatos, sabía que estos reflejarían como caja registradora o marcador de millas, cuánto trabajo han realizado en su misión… saben, no me esperaba encontrar unos zapatos con tremendos hoyos en sus suelas; sin embargo, esta fue la realidad.

Con amplias sonrisas en sus caras me dijeron que cualquier sacrificio es válido y la mejor recompensa que se puede esperar de un arduo día de trabajo, es que alguien abra la puerta de su casa y les permita compartir acerca del Evangelio de Jesucristo, que tan necesario es hasta hoy en día. Amigo lector, si usted ha leído este artículo hasta este punto, piense que así como usted ama a sus hijos, de la misma manera Dios le ama a usted. ¿No será acaso tiempo de escuchar su voz? ¡Piénselo!

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