¿Por qué mienten los niños?

La creencia de que los niños siempre dicen la verdad no corresponde exactamente a la realidad. Los que engañan a menudo tienen más probabilidad de meterse en problemas con más frecuencia y los mentirosos crónicos tienen más posibilidades de delinquir en la edad adulta.

Para el psiquiatra estadounidense Arnold Goldberg "mentir, al igual que decir la verdad, es una parte más de nuestro crecimiento y desarrollo".

En efecto, algunos investigadores consideran que ciertas mentiras juegan un papel positivo en el desarrollo emocional de los niños y que la primera mentira con éxito de un niño puede constituir un aspecto fundamental en su crecimiento mental, al marcar la experiencia inicial de que sus padres no lo saben todo.

Los pequeños entre 3 y 5 años suelen confundir la realidad con la fantasía. Cuando juegan crean un mundo casi tan real como la vida y les gusta inventar historias. Es cuando hacen a los padres cómplices de sus juegos y de su realidad. Éstos no mienten, tienen imaginación.

Para mentir tiene que existir intención y objetivo, lo que sucede en el desarrollo del pensamiento a los 6 años. El niño ya es capaz de diferenciar la verdad de la mentira, aunque no siempre es consciente de lo que es mentir en rigor. A veces lo puede hacer para evitar un castigo o para llamar la atención.

Es preciso que la mentira se evalúe dentro de su contexto, ya que tiene que ver más con el entorno del niño que con una intención de él. De forma espontánea tiende a la verdad, mientras que la mentira la aprende como forma de salvar situaciones.

Es común el caso del niño que rompe un objeto y dice que fue su hermano pequeño: esta es la ‘mentira defensa’. La vida le ofrece cantidad de ocasiones para practicar este tipo de primeras verdaderas mentiras.

Otro caso se refiere a las ‘bravuconadas’ para quedar bien, casi todos los pequeños las tienen, o el mecanismo de proyección, acusando a otros de cosas como que le tienen rabia, cuando es él quien les tiene rabia.

Pero estas mentiras no tienen importancia, engañar por sistema, sí, sobre todo cuando el pequeño desmiente hasta lo más evidente. Los niños que más mienten tienen muchas más probabilidades de meterse en problemas y hasta delinquir cuando son adultos.

El desvergonzado mentiroso puede llegar a ser el típico fabulador, y el que pierde el control de sus propias fabulaciones puede ser un mitómano, con la consiguiente pérdida del sentido de la realidad.

"Los niños que son mentirosos crónicos no se sienten agusto consigo mismos", afirma la doctora Carolyn Saarni, de EE.UU.

Un niño con problemas de autoestima probablemente mentirá. El que tiene miedo al castigo lo hará sólo ante los que teme. Otros motivos frecuentes de las mentiras infantiles son las expectativas paternas poco realistas sobre las posibilidades de sus hijos.

Mentir mucho puede ser un síntoma de que algo va mal con la familia. Cuando son más pequeños, es un peligro que se dé cuenta de que alterando la realidad en ciertos momentos obtiene beneficios.

Es una forma de afianzar su crecimiento psicológico al comprobar sus posibilidades mentales, pero según va creciendo es más fácil que recurra a mentiras interesadas, para evitar responsabilidades. De adolescente, es muy común que se convierta en una necesidad de probar sus propios límites y salirse con la suya engañando.

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