Viven una Jornada de Inmenso Dolor

Hacia las once de la mañana, en la terminal 2 E del aeropuerto Charles de Gaulle, algunos familiares esperan con impaciencia la llegada del vuelo AF447 procedente de Río de Janeiro. El cielo está despejado y corre una ligera brisa. Nada parece alterar el intenso tráfico aéreo en este lunes de pentecostés, festivo en Francia.

Escrito el 04 Jun 2009
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De repente, las pantallas informan de que el A330 lleva retraso. El frustrante Delayed (Retrasado) aparece de forma intermitente con letras luminosas. Paciencia. Poco después, los altavoces piden a las personas que esperan la llegada del vuelo que acudan a la oficina de información de Air France. La inquietud empieza a reflejarse en la mirada de los familiares. Aquí empieza una jornada interminable de dolor y desesperanza para los allegados de los 228 pasajeros del avión desaparecido en pleno vuelo en medio del Atlántico. La tragedia toma cuerpo para ellos en una zona aislada del aeropuerto, donde les espera un equipo de médicos y psicólogos al abrigo de las miradas indiscretas. A media tarde reciben la visita del presidente francés, Nicolas Sarkozy, que les confirma que la posibilidad de encontrar a sus seres queridos con vida es muy débil.

Luz de esperanza

Al otro lado del Atlántico, en Río de Janeiro, la noticia pilla a los familiares de los 58 pasajeros brasileños en sus casas. Acuden al aeropuerto internacional Tom Jobim en busca de información, de una luz de esperanza. Una cincuentena de personas se concentran en las instalaciones manifiestamente desorientadas. A medida que el pesimismo gana terreno, los rostros palidecen, se demudan. Algunos huyen de las cámaras. Piden intimidad. Otros se desahogan ante ellas. «No lo puedo creer, mi hija Adriana Francesca iba en ese avión, viajaba a Seúl pasando por París», declara Vasti Ester van Sluijs aún bajo el shock.

Su aflicción contrasta con el alivio de dos pasajeros que no pudieron coger el avión. Claude Jaffiol hizo todo lo que pudo para poder subir al aparato y llegar antes a su casa, en Montpellier, e incorporarse hoy a su trabajo. Pero pese a su insistencia, sus esfuerzos por encontrar asiento resultaron vanos.

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