El Cuidador Del “Hielo”

Hay Miedo En Las Calles Pero, También, Mucha Resistencia y Ayuda

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Minneapolis. Bryan está tenso. No deja de ver a través de la ventana. Su gorra negra va de un lado al otro. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Lo contrataron hace unos meses en un restaurante mexicano sobre la calle Lake y su trabajo es detectar a agentes de ICE que estén patrullando el barrio latino de esta ciudad.

Hay miedo en las calles pero esta taquería se ha convertido en un refugio temporal. Desde fuera, el restaurante que se especializa en tacos, quesadillas y pozole, parecería que está cerrado. La puerta de entrada está con seguro.
Pero si te asomas un poquito, te encontrarás con la cara de Bryan. Te revisa rápidamente a través del vidrio, de arriba hacia abajo, y si no detecta nada sospechoso, te abre la puerta y te deja pasar.

Y en menos de un segundo, vuelve a cerrar la puerta. Después de comer, el proceso es al revés. Se asegura que no haya ningún agente de la policía migratoria escondido en la calle, destranca la puerta y entonces los clientes pueden salir.
Aquí hasta comer un taco es peligroso. Entre los clientes se comunican en murmullos. La música en español se oye perfectamente. Pero nadie usa la palabra ICE. Si quieren hablar de la migra, prefieren llamarle el “hielo”.
Así nadie se arriesga a que haya un agente encubierto y les empiece a hacer preguntas raras; qué de dónde eres, qué por qué tienes acento, que les muestres tu identificación.

Bryan es el cuidador del “hielo”.
Hace unos días, a través de la ventana, a Bryan le tocó ver como ICE arrestaba a un supuesto inmigrante en la calle. Varios agentes encapuchados lo rodearon y se lo llevaron. Y en ese instante, Bryan entró en acción.

Se aseguró que la puerta del restaurante estuviera bien cerrada y le gritó a la gente que comía[1]: “¡Cuidado, ICE está afuera! ¡Todos tranquilos, nadie entra y nadie sale!” Bryan, de veintitantos, es ciudadano estadounidense y por eso aceptó el trabajo. Le toca cuidar a otros que no tienen papeles. Él quiere que “las personas que están aquí coman tranquilas, que se sientan a salvo, que están en un buen lugar”.

La verdad es que no hay un buen lugar en Minneapolis. El temor no es únicamente entre los inmigrantes indocumentados. Tras la muerte de dos ciudadanos de Estados Unidos en manos de ICE -Renne Good y Alex Pretti- nadie está seguro.
En la COPAL (Comunidades Organizando el Poder y la Acción Latina) todos los voluntarios están en alerta. Tienen una camioneta que han apodado apropiadamente “La Valiente” y recorren la ciudad para detectar y reportar operaciones de ICE. Van armados con silbatos, ropa amarilla y sus celulares para alertar y ser testigos de lo que hacen tres mil agentes de ICE enviados por el presidente Trump a Minnesota.

Además, han entrenado a miles de “observadores constitucionales” en la arriesgada tarea de documentar, sin interferir, en las operaciones de los agentes federales. Y denunciar, cuando ocurra, el abuso de poder. Los voluntarios de COPAL son la resistencia, pero no son los únicos.
En la iglesia “Dios Habla Hoy” el pastor Sergio Amezcua rápidamente se dio cuenta que sus feligreses latinos dejaron de ir a los servicios religiosos de los domingos tras los operativos de ICE.

“Antes venían 600 cada domingo”, me contó, “y ahora solo vienen unos 80”. Tienen miedo a salir de sus casas. Aquí conocí a una familia que llevaba dos meses encerrada. Son de México y, aunque sus hijos nacieron en Estados Unidos, temen ser arrestados y deportados. Pero no se están quedando con hambre. Reciben regularmente la comida que les envía en cajas de cartón el pastor Amezcua. Él ha convertido su iglesia en un centro de distribución de alimentos. De lunes a sábado reciben comida de voluntarios y la reparten a cientos de hogares. Y los domingos rezan. El pastor Amezcua también es la resistencia.

Estoy impresionado con Minneapolis. Nunca había visto una ciudad tan solidaria como esta. Una buena parte de la comunidad latina está escondida. Pero los ciudadanos estadounidenses los están alimentando y cuidando. Cuando me acerqué con un equipo de periodistas a la casa donde fue detenido por ICE el niño de cinco años, Liam Conejo Ramos, varios de sus vecinos salieron a preguntar quienes éramos. Incluso algunos nos empezaron a filmar con sus celulares hasta asegurarse que no fuéramos agentes encubiertos de la migra. Supongo que la camioneta negra en que viajábamos les pareció sospechosa.

Me ha tocado ver varias protestas y a muchos niños en ellas. Aquí les enseñan a cuidar al prójimo y a no quedarse callados. Y todas las manifestaciones han ocurrido en temperaturas congelantes. Nunca ha tenido tanto frío en mi vida como aquí en Minneapolis en pleno invierno. En otras partes del mundo, el mal tiempo invernal hubiera desbandado cualquier marcha o protesta. Aquí no. Son los héroes silenciosos de Minnesota.
Mientras tanto, el cuidador del “hielo” sigue abriendo y cerrando su puerta en el restaurante, ágil, responsablemente, para que nunca se cuele el frío y el miedo.

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