Niños Campeones de Béisbol de 1957

The Little League World Series’ Only Perfect Game In 1957, Mexico’s scrawny players overcame the odds to become the first foreign team to win the Little League World Series. The little league baseball team from Monterrey, Mexico became the first team from outside the United States to win the Little League World Series. The players for Monterrey averaged 4 feet 11 inches and 92 pounds while their competition in the final game, La Mesa, California, averaged 5 feet 4 inches and 127 pounds.

Escrito el 25 Aug 2013
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Orgullosamente Mexicanos... Orgullosamente Regios....

Fue en una tarde del verano de 1957. El lugar: Williamsport Pensilvania. Ángel Macías salió al terreno de juego con la convicción reflejada en el rostro. Detrás del espigado jugador, saltaron al campo sus compañeros quienes representaban a la liga de Monterrey México.
Estaban listos para tomar sus posiciones. No lo sabían, pero estaban a punto de escribir historia. Sus rivales: los altos y fornidos integrandes del equipo de béisbol de la liga de La Mesa, en el próspero estado norteamericano de California.
Las diferencias entre los integrantes de ambas escuadras era notoria: los californianos altos, provenientes de una liga que se jugaba entre los habitantes de una próspera región de clase media alta del sur de los Estados Unidos.
Los mexicanos provenían de los barrios más pobres de la aún semi - industrializada Monterrey. Mientras unos estaban acostumbrados al triunfo, los otros apenas se presentaban por primera vez en la Serie Mundial de Ligas Pequeñas. Los norteamericanos lucían orgullosos sus uniformes recién hechos para el partido. Los mexicanos, solían remendar y lavar sus uniformes después de cada encuentro. Unos se sentían los dueños del deporte y otros estaban a punto de tomarlo en glorioso comodato.
Ángel Macías tenía entonces 12 años (como la mayoría de sus compañeros de equipo) y poseía la capacidad de subirse al montículo y lanzar tanto con el brazo derecho, como con el izquierdo.
Aquella tarde de 1957, el país entero se paralizó. Las calles de las principales ciudades se vaciaron. La radio, el principal medio de comunicación de aquel entonces, consiguió los derechos para transmitir en vivo aquel juego final que definiría al campeón del mundo en ligas pequeñas. En casas, comercios o cantinas, la gente se arremolinaba alrededor del aparato para escuchar los pormenores del partido.
Los chicos no los defraudaron. Roberto Maíz, quien era otro de los integrantes de aquel equipo, hace poco contaba en una entrevista: "Nunca olvidaré ese día mientras viva. Yo jugaba el jardín izquierdo. Nunca me llegó la pelota. Esta apenas salió del cuadro. Hubo 11 ponches y siete roletazos o globazos en el terreno. Yo anoté empujé la primera carrera y anoté la tercera".
Cuando llegó el tercio final de la séptima y última entrada, el estadio entero se había vuelto loco. Cuentan las crónicas que en México ese día había demasiado silencio. Solo se escuchaba la emocionada voz de un narrador que poco a poco fue describiendo la manera como Ángel Macías retiraba uno a uno a los poderosos bateadores del que era considerado el mejor equipo del mundo en su categoría.
Nunca le encontraron la pelota. El último lanzamiento, según cuentan, fue antológico: una impresionante recta que el americano en turno abanicó con toda su frustración. Macías lo había logrado. Tiró un juego perfecto (es decir, cero hits, cero bases por bolas, cero carreras) y consiguió así una hazaña sin precedentes en la historia del deporte mexicano. Los "pequeños gigantes" regiomontanos habían conseguido el título mundial de béisbol infantil. El país entero estalló en júbilo. Los Chicos tardaron un mes en regresar a nuestro país. Antes fueron recibidos por Dwight D. Eisenhower, el entonces presidente de Estados Unidos, quien les ofreció un desayuno en la Casa Blanca reconociendo así su victoria.
Cuando regresaron a México, el país entero les rindió tributo. Habían conseguido lo que antes se consideraba imposible: un título mundial en el entonces deporte más popular de la nación.

The Little League World
Series’ Only Perfect Game

They came to be known as “Los pequeños gigantes,” the little giants.
In baseball, a game full of real and imagined fairy tales from Bobby Thomson’s “Shot Heard ’Round the World” to Bernard Malamud’s fable The Natural, no story may be more inspiring or surprising than the story of the 1957 Little League team from Monterrey, Mexico.
The team was composed of mostly poor kids from an industrial city who’d started playing baseball only a few years earlier, clearing rocks and glass from a dirt field and playing barefoot with a homemade ball and gloves. They’d only imagined Major League games, gathering around a radio for Sunday rebroadcasts in Spanish of Brooklyn Dodgers contests (Roy Campanella, the Dodgers’ catcher had played in Monterrey in 1942 and 1943, enchanting their parents). Even when they reached the Little League World Series, most of their opponents outweighed them by 35 or 40 pounds. But over four weeks and 13 games beginning in July, they were magical.
On August 23, 1957, behind the pitching wizardry of Angel Macias, they defeated La Mesa, California, 4-0, before 10,000 people in Williamsport, Pennsylvania, to become the first team from outside the United States to win the Little League World Series. That day, Macias pitched what remains the only perfect game in a Little League World Series final, setting down all 18 batters in order – Little League games are only six innings, striking out 11 with pinpoint control, nasty breaking balls and sheer guile.
La Mesa didn’t hit a ball to the outfield.
“I think the magnitude of the upset, to me, rivals, if not exceeds, when our U.S. hockey amateurs in 1980 beat the Red Army team at the Olympics,” says W. William Winokur, who penned a book and screenplay based on the team’s story. The movie, “The Perfect Game,” stars Jake T. Austin, Ryan Ochoa and Cheech Marin and opens in theaters this month.
The Monterrey team arrived in Williamsport after an unlikely road trip that started when the players crossed the border on foot, taking a bridge over the Rio Grande from Reynosa towards McAllen, Texas, hoping for rides to a small hotel before their first game of the championship tournament. Monterrey had been granted a Little League franchise with four teams only the year before. They expected to lose and return home.
“We didn’t even know Williamsport existed,” remembers Jose “Pepe” Maiz, a pitcher and outfielder on the team who now runs a Monterrey construction company and owns the Sultanes, a Mexican League baseball team. “We were just [supposed] to play a game in McAllen.”
They won their first game in McAllen 9-2 against a team from Mexico City filled with players who were the sons of Americans working south of the border.
They swept through the rest of the regional and state tournaments, winning by at least five runs, until they reached the state semifinal game in Fort Worth against Houston. There, Maiz came on as a relief pitcher in extra innings to lead them to a 6-4 comeback win.

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